sábado, 24 de marzo de 2018

Evocando ilusiones


EVOCANDO    ILUSIONES

Hace ya muchos, muchísimos años, cuando yo era joven, mejor dicho, cuando aún era una niña, por lo que hace más años todavía, mi gran ilusión era ser payasa.
Solían contratar por las fiestas de nuestro barrio varias actividades callejeras.  Por aquellos años no existían los salones de actos como actualmente y todos los festejos se realizaban en la plaza.
De  entre todos los actos, mi favorito, era, y continua siendo, la actuación de los payasos. Los que venían a nuestro barrio se llamaban “LOS HERMANOS BIZCAYA.” 
Eran la delicia de todos los niños y no pocos mayores. Recuerdo que en bastantes ocasiones solicitaban la colaboración de algún niño o niña voluntario  para realizar alguna improvisada payasada y cómo no, yo siempre estaba dispuesta a colaborar con ellos y si conseguía provocar la risa en los espectadores, me sentía la persona más feliz del mundo.
Así fue como descubrí que quería ser payasa.  Pero  mi gran sorpresa, frustración y desengaño fue el saber que no existían por aquel entonces ni escuelas ni nadie interesado en formar payasas, solamente admitían payasos.
Mi abuelita, me consoló como pudo diciéndome que no me preocupara, que aún tenía pocos años, (no había cumplido los seis) y que si yo seguía con las dotes y las ganas de hacer reír, siempre lo conseguiría.
Y fueron aquellas palabras suyas las que me animaron a seguir intentando hacer reír a mis semejantes, que no eran otros que; mis vecinos, mi familia y algunos amigos del barrio. Hacia imitaciones, transformaba los cuentos clásicos, convirtiéndolos en divertidos, que, dicho de paso, eran y siguen siendo de lo más trágicos, crueles y funestos; Que si malvadas madrastras, lobos asesinos, verdugos y hermanastras siniestras…Pero yo conseguía hacerlos graciosos, cantaba, bailaba y todos disfrutaban  con mis payasadas.
Mi abuelita, como todas las abuelitas del mundo, ponderaba mis habilidades escénicas  en todas las ocasiones que se la presentaban y así, con ella como mi representante, comenzaron a solicitarme en diferentes casas en las que ella iba a coser cada jueves por la tarde. Gracias a que cosía en casas diferentes, yo no tenía necesidad de ampliar demasiado mi repertorio y así, como los jueves por la tarde guardábamos fiesta en la escuela, podía dedicarme a lo que tanta ilusión me hacía. Ejercer de payasa.
 Nunca me dieron dinero por lo que hacía pero si, suculentas meriendas que disfrutábamos mi abuela y yo. Y a veces, me dejaban llevar algunas cosillas que sobraban, o, hacíamos nosotras que sobraran, para mis hermanos.
A mí, me extrañaba bastante que mi abuela conociese a los dueños de aquellas lujosas casas, situadas casi siempre en la margen derecha de la ría  y a las que teníamos que acceder atravesando el Puente Colgante de Portugalete, cosa que me ilusionaba tremendamente. Era una aventura que vivía ilusionada cada jueves por la tarde.
Cuando pregunté a la abuela el motivo de aquellas amistades tan importantes, ella me dio una explicación que me dejó con la boca abierta:
.—Yo, cariño, acudo a esas casas a trabajar. Esas señoras me pagan por coserles las ropas que se les estropean; arreglos, zurcidos y demás “chapucillas” que les resultan más baratas que llevarlas a la modista. Yo, solo soy costurera pero aprendí con las monjas y les gusta como trabajo. Por eso  me llaman.
.—Pero, ¿tú, fuiste a un colegio de monjas, abuela?
.—No cariño, donde estuve es en la cárcel. Me denunciaron por “roja” y allí las carceleras eran monjas, ellas nos propusieron enseñarnos a coser y trabajar para familias adineradas, a nosotras, claro no nos pagaban, pero ellas, las monjas, conseguían buenos “réditos” y gracias a nuestras manos, muchas de nosotras logramos librarnos del “paredón”.
Con mis, apenas siete años, yo no conseguía entender a mi abuela. Pero, ¿cómo era posible que la metieran en la cárcel por roja si yo, por más que la miraba no la veía de ese color?  Es cierto que era muy morenita, “mi negrita” la llamaba el abuelo, pero eso no es ser roja…Y, ¿cómo era posible que con sus propias manos se libraran de un paredón, si ella tenía unas manos más bien pequeñas y por muchas que fueran las otras, sujetar un paredón…
¡Cómo se rió la abuela cuando le hice esos comentarios! Ella me contesto que cuando tuviera unos años más, me lo explicaría. 
Sí que me lo  explicó al de unos años, y también yo me reí, aunque al saber de todas sus vicisitudes también lloré, lloramos juntas al recordar los acontecimientos de la guerra. Me dijo también que cuando salieron de la cárcel, varias, que se libraron del “paredón”, fueron avisadas por algunas de aquellas familias para las que se cosía en la cárcel, a  que acudieran a sus casas un día a la semana a seguir cosiendo, entre ellas la abuela y una hermana suya que también había estado presa, no por roja, sino porque cuando fueron a buscarle a ella, no estaba en casa y también se la llevaron, aunque después no la soltaron. “Cosas de las guerras”, decía la abuela.
Yo, escuchaba sus historias con mucha atención y también, cómo no, con mucha curiosidad y ansias de saber, como todos los niños del mundo.
Así transcurrían las semanas en las que cada jueves por la tarde acudíamos a las distinguidas casas, yo, a hacer reír y mi abuela a coser primorosamente.
Pero un día, ocurrió algo insólito.  Algo que me dejo si no desilusionada, si, bastante perpleja.
Ese jueves acudimos a una casa en la que nos abrió la puerta una mujer vestida de negro. No me extrañé demasiado porque en aquellos tiempos casi todas las mujeres un poco mayores, vestían de negro. Lo que si me extrañó fue que al llevarnos al comedor, me encontré con un grupo de mujeres todas vestidas de negro, y no todas eran mayores, también había jóvenes pero todas vestidas del mismo color.
Al contemplar sus rostros vi que todas ellas estaban muy serias, y pensé: 
.—“Aquí, si que tendré que esforzarme porque no parece que estas personas sean muy alegres, que digamos”.  
Una señora, que parecía más animada, empezó a hacerme preguntas y yo, ni corta ni perezosa  comencé a ofrecerles mis gracias y payasadas hasta conseguir que, si no reír a carcajadas, por lo menos sonrieran de vez en cuando. Lo que me extrañaba mucho es que, frecuentemente, una salía y otra entraba con los ojos algo enrojecidos.
.—¿“Será  que no se atreven a reírse en público y van a hacerlo a escondidas?”   .—Pensaba  yo cada vez más perpleja.
Casi agradecí cuando trajeron la merienda y pudimos por fin dejar la casa. Es cierto que todas las señoras muy agradecidas, me besaron y trataron con cariño pero allí había algo que a mí no me gustó.
La abuela me lo explicó más tarde.  En aquella casa había fallecido el abuelo. Era un velatorio, y las señoras que entraban y salían se turnaban para velar el cadáver del abuelo que estaba en la habitación contigua.
Aquello enfrió mi vocación de payasa. A partir de entonces y aún hoy, me dedico al teatro.  Comedias y sainetes, por supuesto. 
                                                                                                              Palmi Merino
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domingo, 17 de diciembre de 2017

Vivo a mordiscos la vida
en este ocaso maldito
ella me muerde con rabia
queriendo acabar conmigo.

Me resisto, me defiendo,
le devuelvo algun mordisco,
pero ella sigue implacable,
se burla de mi destino.

Necesito tu presencia,
tus sonrisas,tu cariño
y aquella luz de tus ojos
que ilumine mi camino.

domingo, 30 de julio de 2017

Antton Atorra


“Antton Atorra”

Hartu –emanak 1º sariaz saritua 2009. urtean, Bilbon ,Bidebarrieta liburutegian


Guraso zein senitarteko ta inguruko guztiak holako jaiobarria ikusi ebenean harritu egin ziran. Horregaitik beharbada bere ama gaixoari erditzeak hainbeste ordu emon eutsozan.

Hango batzuk, hiru edo lau haurtxo izango ebazala uste izan eben, baina, bai zera, ez zan horrela, neurri itzelezko haurra baino.

Holako haurra ikustean, senitartekoak arbasoen argibideetan arakatzen hasi ziran, antzeko gizakiren bila. Alperrik, aurre-aurrean eukena paregabekoa zan.

Ama gizajoa ahul-ahul geratu zan. Haurdundu baino lehen, ez zan emakume potoloa; ostean bai, haurdunaldiaren hirugarren hilabetetik erditze egunera arte, hogeita bost kilo loditu zan, baina hori ere bere auzoan ez zan harritzeko gauza haundirik.

Jaiobarriarentzako seaskatxoa txikiegia zala konturatu ziranean, aita, tximista baizen arin, beste seaska haundiago bat eskatzeko arotzarengana joan zan.

Ordu batzuk geroago seaska barriagaz oso pozik etorri zan. Sendiko emakumeak, bitartean, jantzi barri haundiagoak josi ebezan eta gorulariak gordeta eukan hari eta ehun guztia agortu ebezan, baina gure haurraren ume-otzarea barriro beterik egoan.

Nahiz eta jaiobarria izan, hain haundi izatearren, amak ez eukan esne nahikorik semetxoaren urdaia betetzeko, horregaitik amama "kerizpe" astemearengana haren esne gozoaren bila kortara abiatu zan.

Atseginez hartzen eban gure jaiobarriak "kerizpe"-ren esnea, baina handik bi astebetera, ondoko auzokoen astemearen esnea ere behar izaten eban. Hainbeste jatearen eraginaz beharbada, izugarrizko neurrian hazten zan.

Handik gitxira halako gizakumea janztea amarentzat nekegarria izanik, burutik beherako ator luze-luze batzuk egitea otu jakon. Ha bai poza! Orduan jagi eta lo egiteko orduak askoz erosoak ziran.

Hurrengo hilean umea bateatu eben eta aititeren omenez Antton izendatu eben. Amarentzat noizean behin semeari kamisoi antzeko jantziak egitea errezagoa zan. Ohetik atara, elikatu, garbitu eta oheratzea guztiz nekagarria izaten zalako.

Herritxo hartan ohi zan legez, gizakiak norberaren unkigarrizko ezizenatzat ezagun ziran eta gure Antton laster "Antton Atorra" izendatu —edo ezizendatu— eben. Laster ere ibilten ikasi eban eta amak, aitaren frakak harentzat konpondu arren, danentzat eta betirako "Antton Atorra" izango zan.

Sei urte bete ebazanean, hamasei urteko mutikotzat hartzen eben, horregaitik oso mutil on, lasai, gozo eta atsegina izan arren, lehenengoz ezagutzean, hain haundi ikusiz, mutiko guztiek bildurrez beregandik alde egiten eben. Honek Antton asko murrizten eban, baina bere ontasuna ezagutu orduko, adiskidetasuna  sortzen zan. Mutiko bati pelotea zuhaitz baten gainean jausi? Han egoan " Antton Atorra " harrapatzeko. Biren arteko borroka bazan, "Antton Atorra" erdi-erdian bakea azaltzeko, edozein atso edo agure laguntzarik beharrik, haraxe joian atseginez, laguntzeko prest. Gauza baten bakarrik ez zan ona gure mutila: ikasteko orduan.

Aitak, hain indartsu ikustean, harrijasotzaile izatea proposatu eutson, baina gure Antton Atorrari hori ez jakon atsegin izaten eta honela esan eutson aitari:

— Asko maite zaitut, aita, eta zuk diozuna izatea gustatuko litzakit, baina jende pilo baten aurrean nere gorputz tantai hau erakusteak lotsa-gorria emoten deust. Badakizu, aita, jendea oso minzorrotza dala, eta ni lotsatiegia.

— Lasaitu zaitez, seme —erantzun eutson aitak— zu oso seme ona zara, eta gura ez dozuna egitera ez zaitut behartuko, baina badakizu ere zure bizibeharrak gureak baino askoz garestiagoak dirala, eta gure etxean diru nahikorik sartzen ez dala.

— Bai, badakit hori, aita, eta laguntzeko prest nago, badaukat lantxo bat mandatugile moduan. Atzo Marinel arraindegian etxerik etxe eta baserriz batserri arrainak banatzeko iragarkia ikusi neban eta gaur, ikastolarako bidean, zabalik egoala ikustean, hara joan eta aurkeztu naz. Nirea da lanpostua, aita, eta apala izan arren, etxean laguntza izango da, eta niretzat aproposa eta atsegina, bihar hasiko naz.

Anttonen aita apur bat larritu zan, halako seme-itxura ikusgarria eta harrotzeko egiten jakon, baina bere asmoa semearen gustokoa ez zan, eta kitto!

Hara joan zan hurrengo egunean poz-pozik Marinel arraindegira bere ogibide barrian hasteko. Denda herritxo kaia aurrean egoan. Herritik erosketak banatzea ez zan ezer nekagarria, baserririk baserri oinez joatea, ostera, nekagarriagoa zan, baina halan eta guztiz bere "Antton Atorra" oso pozik joian.

— Horretarako —esaten eban— Jaungoikoak honelako gorputza eta indarra emon deustaz.

Atseginez egiten eban bere lana, jendeak be gozotasunez onartzen eban, baina haundia baizen ona izateagaitik, laster arazoak sortuko jakozan.

Egun hareitatik, herritxo hartara ijito-talde bat heldu zan, danak senide ziran eta euren artean ume piloa egoan. Euren oihalpeak alderrietan eraiki eben eta noizean behin diru truke, egurrez egindako kutxa, adar haundiko ahuntza eta pandero edo atabaltxo bat hartu eta herritik zehar abiatzen ziran jotzen eta abesten, itzul-inguruka.

"Antton Atorra" herritik mandatuak banatzen egoanean, inoiz entzundako zarata entzun eban eta harantz abiatu zan, jazotzen egoana jakin guraz. Ahuntzaren itzuliak ikustean harrituta geratu zan. Ha zan ikusgarria! Animalia kutxa gainean igota eta ijito batek agindutakoak egiten. Ikusgarria benetan!

Ijitoaren harridura bere ez zan makala. Haren umeak, euren ondoan halako ume erraldoia ikustean, negarrez hasi ziran eta gure mutila, goibel, handik joan zan.

Gau hartan, nahiz eta ilun egon, lotara joan zanean ikusitakoa ezin eban burutik kendu. Abere-hezilari izatea guztiz atsegina egiten jakon. Zein abere-hezilaria izango litzake berari komeni jakona? Eta zelan esan gurasoei hori izan gura ebala?

Beste aldetik, oihalpeko ijitoek gure mutila nor eta zelakoa zan ondo jakin ebenean, euren egoera larriagaz amaitzeko urtenbide bat ikusi eben.

— Halako mutil erraldoiagaz tripa-zorriak amaituko egingo dira betirako—pentsatu eben eta euren egitasmoa asmatzen hasi ziran, eurekaz joateko ongarriaz, mutilari buruan sartzeko.

Biharamonean, eta arrazoi ezbardinakaitik, bata eta besteak ikus-galeak egozan. Herritxo erdian topatu ziranean "Antton Atorra" lotsaz eta ijitoek maltzurrez alkar irribarretsu ziran, umeak bildur barik eskutik lotuta, euren oihalpera eroan eben eta han, abere-heziketa erakutsiko eutsoela esanez eta beste iruzur batzuen bidez, loarazoteko belar ura emon eta arin beragaz herritik alde egin eben.

Mutila itzartu zanerako bere herritik urrun egozan eta konturatu zanean, burugabea zala pentsatzen damuturik, negar zotinka hasi zan. Ahul ahul egoan eta burua erdi lelotuta, sutuntzen ahalegindu zan eta ezin, dana alperrik. Gizon sendo itxurea izan arren, mutikoa baino ez zan eta horregaitik negarrari ezin eutson itzi.

Ijitoek, bitartean, iragarki haundi bat egin eben inguru hartako jendeari "Ume Erraldoia" ikustera deitzeko. Ume txikiaren giza jantzirik, kaiola baten sartuta eta herriz herri erakusten eben izugarrizko ume negarti ha, noizean behin ahul jarraitzeko ohiko pozoina emonaz.

Kaia aurreko herritxoan guraso, senide eta herrikide guztiak Antton Atorraren desagertzeaz oso kezkaturik ebiltzan. Ijitoak herritik joan ziranetik inork ez eban mutikoa ikusi, ba ete eukan hark zerikusirik? Gurasoak bihotza autsita ebiltzan, aurkitu guraz.

Euren saioak amaitu eta gero, ijitoak kaiola antzeko gurdi batean kateaz loturik itziten eben Antton, baina taldeko ijitotxoek hain indarge ikustean beragana joaten ziran, jateko zeozer emoten eta solasalditxoren bat egiteko. Astiro astiro euren artean adiskidetasuna sortzen joian eta egun batean, ahuldurik egoan legez, umeak nagusiari kateak kentzeko eskatu eutsen. Honek lo-belarren eraginpean egoala ikustean askatu eban eta gure mutilak, goibel egon arren, negarrari itzi eutson.

Urrengo egunean, udako arratsalde sargoria izan zanez, gurdiakaz  ibaiertzera igarotzean bustialdi bat egiteko gogoa etorri jaken. Pentsatu eta egin.

— Zein ondo, zein ondo! —oihukatu eben pozaren pozez ijitotxoek, jantziak kendu artean. Haietariko bat Antton izerditsu egoan gurdiari begira arduradunari eskatu eutson.

— Mesedez, jauna, emongo deustazu baimenik Antton gugaz busti ahal izateko? Sargori da eta freskotzen ez bada, gaixotuko da.

Baietza hartu ostean, biok batera uretara abiatu ziranean, oihu larriak entzun ebezan, ijitotxoren bat putzu sakon baten murgildurik estura gorrian egoan eta beste ijitotxoek igeri egiten jakin ez. Ernegatuta, oihu egiten baino ez ekien. Nekez eta zailtasunez, gure mutila uretan sartu eta, umetxoa harrapatu ostean, legorretara eroan eban ijitotxoa. Salbatuta egoan, baina bere salbatzaileak hain makal egoanez, konortea galdurik lur-jo eban.

Ordu luzeak emon ebezan biok suspertzeko. Halan eta guztiz ere, "Antton Atorra" hainbeste nekealdiren eraginaz gaixotasun ezezagunean jausi zan.

Ijito-taldearen arduraduna, "patriarka" eritxoena, kezkatzen hasi zan, uretan itotzeko arriskuan egon zana bere bilobea zan, eta orain Anttonegaz zorretan egoan. Zorrak eurentzat betiko ziran, sakratuak, eta horregaitik aurrerantzean "Antton Atorra" zaintzeko eta osatzeko ahal eben guztia egingo eben.

Konortera barriro etorri zanean, patriarkak parkamena eskatuz, laster gurasoengana eroango ebela zin-egin eutson, eta etxerantzako bidaian zehar pizti-hezilari izaten erakutsiko eutsola eskeini eutson, baina berak ezetz esan zion.

— Eskerrik asko, hori gura izateak neke ta arazo ugari ekarri deustaz, “Bizkor” nire txakurraren menpekotasunaz nahiko daukat.

Hori esanda, eta barriro gurasoen baserrira joango zala jakitean, jausi-aldi larritik urten eban.

Herritxora heldu ziranerako, guztiz indarberriturik egoan. Ijitoek herritarren aurrean aitortu eta damutu ziran. Alkateak jai egun dubako bat egitera zigortu ebazan eta eurek poz-pozik antolatu eben, gordeta eukezan jantzirik ederrenakaz, Antton Atorraren omenez ekiezan ekintza guztiak antzezteko saioa.

— Aita —esan eutson Anttonek aitari— nire lanean jardun bitartean, harrijasotzaile egingo naz. Duintasunez agertuz gero, lotsatzeko zergaitirik ez dagoala ondo ikasi dot eta.

Alkar besarkaturik, amagaz herriko jairik ospetsuenera abiatu ziran, eta handik urte batzuetara Antton, "Antton Atorra", harrijasotzaile ospetsua izango zan.





lunes, 17 de julio de 2017

lAS AVENTURAS DE LA BRUJITA kILIMA







Las aventuras de la brujita Kilima  (  Traducción de KILIMA SORGIÑAREN GORABEHERAK)


Desde el mismo día en que nació, fuese persona o cosa lo que rozase el cuerpecito de la pequeña brujita, provocaba en ella una risita incontrolable que a su madre empezaba a preocupar. Fue por eso mismo que le pusieron por nombre Kilima, que significa «cosquilla». ¡Cuántos apuros pasaba su pobre madre! Vestirla, bañarla, calzarla... ni un poquito de agua de colonia podía ponerle; tocarle algo o alguien y... una increíble risa llenaba toda la estancia y contagiaba a sus moradores, ya que no sólo era la brujita, sino que cuantos la rodeaban no cesaban de reír mientras la niña no callara.
La bruja madre estaba muy preocupada, los miembros mayores que habitaban con ella las cuevas empezaban a tener serios problemas respiratorios a causa de tanta risa, que ni ellos mismos, que eran brujos, podían contener.
Al octavo día de su nacimiento la madre, temiendo por la salud de sus familiares, decidió llevar a Kilima a visitar a su madrina, ya que ésta tenía especiales poderes. La madrina de Kilima vivía en una cueva del monte Oiz y hacia allí se dirigieron desde Zugarramurdi, donde tenían ellas su territorio.
Para llevar a la niña sin problemas, buscó una gran concha vacía y allí colocó a Kilima, al resguardo de todo aire, hoja o rama que pudiera rozarla y provocar sus risas, que podían con su estrépito hacerles volcar la escoba en la que viajaban. Y así, con tan sorprendente cuna, se presentaron ante la madrina.
Inguma —pues este era el nombre de la madrina, que significa «mariposa»— les esperaba en la entrada de su cueva. Su vestido tenía todas las tonalidades de verde, la estola de su cuello flotaba al viento y en su mano portaba una rama fresca de brezo, verde y reluciente como toda ella.
— Ya estáis aquí. Mis mariposas me han anunciado vuestra llegada. ¿Qué le ocurre a mi ahijada? ¿por qué la traes así, escondida en esa enorme concha? ¿Acaso está enferma?
— No, no, tranquilízate —respondió la madre— No es eso. Kilima está bien. El problema es otro... —y le explicó minuciosamente la naturaleza del asunto. Después de escucharle, abrió la concha y tomó con cuidado a la niñita en sus brazos.
— ¡Cuidado! —gritó la madre. Pero... ¡sorpresa! Ni los brazos de la madrina, ni el roce de sus mariposas revoloteando a su alrededor, provocaron risa alguna en Kilima, por lo que su madre preguntó alborozada— ¿Qué ha ocurrido? ¿acaso mi hijita se ha curado?
— No, no es eso —respondió Inguma— Han sido los colores de mi vestido encantado. Cuando nació, recordarás, yo estaba allí y lo primero que rozó su cuerpecito fue mi vestido. ¿Te acuerdas de cómo con mi estola la recibí y acuné? ¿Y no sabes, acaso, que cualquier mortal que toque mi vestido, impulsado por la necesidad de volver a tocarlo, llorará toda su vida? Con lo que no contaba es con que a ella, al no ser mortal, le hiciera efecto pero al revés, en lugar de llorar, necesita reír.
— Pero ¿qué podemos hacer? —suspiró angustiada la madre— Nuestra familia no puede continuar en esta situación, su risa es contagiosa y los más viejos no podrán soportarlo mucho tiempo más.
— Tranquilízate —contestó Inguma— Puesto que ha sido culpa mía, yo intentaré solucionarlo. Toma la estola de mi vestido, envuelve con ella a Kilima, y procura que la lleve siempre, pues es la única forma de que nada ni nadie al tocarla provoque su risa contagiosa.
— Pero... —replicó la madre— una prenda no es para siempre. ¿Y si se rompe?
— ¿No te he dicho que está encantada? No se puede romper, ni envejecer. Pero... ¡cuidado! Que no la pierda, ya que si lo hace no sólo perderá su influencia, sino los poderes que de mí ha recibido. Tú sabes bien que soy de entre todos la más poderosa, y siendo Kilima mi ahijada será heredera de todo mi poder. Cuida bien, por tanto, de que no pierda la estola hasta que ella misma se responsabilice.
Despidiéndose con un cariñoso beso, se encaramó con su niña a la escoba, que las transportó de nuevo hasta su cueva de Zugarramurdi. Ya en su residencia convocó una asamblea con todos los familiares para comunicarles lo acontecido. Éstos escucharon con atención y, al término de la reunión, todos prometieron ayudar a que Kilima no perdiese la estola encantada.
Transcurrieron los días, y meses, y años en los que todos cuidaron con celo de Kilima y su estola. Era el cumpleaños de Kilima y, como cada año, se organizó una fiesta en Zugarramurdi. Todos los brujos y brujas del lugar acudían a ella, y no faltaba, como era de esperar, la presencia de Inguma. Siempre con su hermosa rama de brezo en la mano, se desplazaba desde Oiz hasta el lugar, en su flamante escoba, que ella misma trenzaba con las mejores ramas de brezo. Estaba orgullosa de la hermosura de su ahijada y, como siempre, acudió a la fiesta con un bonito regalo para ella. Esta vez se trataba de un precioso cervatillo, un cervatillo mágico. Sabía hablar, pero su lenguaje tan sólo lo comprendía Inguma, y ahora también su nueva dueña Kilima, ya que para los demás el sonido que emitía era como el de cualquier otro cervatillo.
¡Qué contenta estaba Kilima! Transcurrían horas y horas en las que ella y Tximista —que fue el nombre que le puso por su velocidad de «rayo»— correteaban conversando alegremente, y no sólo se entendían, sino que también se escuchaban mutuamente aunque estuvieran a larga distancia.
— Ven conmigo —le decía Kilima— ¿Podrás llevar sobre ti a una niña de cuatro años como yo?
— ¡Cómo no! —respondió Tximista— Súbete a mi espalda y correremos a la velocidad que mi nombre indica.
Dicho y hecho. Se alejaron a la velocidad del rayo, pero... ¡qué desgracia! Tanta era la velocidad que, al llegar a un robledal que se hallaba lejos del lugar, la rma de uno de aquellos robles atrapó, sin que se dieran cuenta, la estola que Kilima llevaba como siempre enrollada a su cuello y que, como era de todos los tonos de verde, se confundió con los verdes tonos del robledal.
Kilima iba muy contenta sobre su cervatillo y de pronto rompió el silencio con su risa estrepitosa. Cada vez su risa era más fuerte y Tximista, sorprendido, cesó su carrera. Como él era mágico no se contagiaba, pero como conocía la historia de Kilima, la miró preocupado y se dio cuenta de que había perdido la estola. Pero ¿dónde? ¿cuándo? ¿y ahora cómo encontrarla?
Estaba tan preocupado por calmar la risa de Kilima que, viendo a lo lejos a un leñador que pasaba, le llamó para pedirle ayuda, sin prever que el hombre al llegar se contagiaría, tal y como vino a suceder, riendo y riendo, que parecía que ambos iban a reventar.
No sabía el cervatillo qué hacer, quería volver con Kilima a la fiesta, pero temía que le culparan de la pérdida y decidió intentar primero encontrar la estola, llevando sobre su lomo a Kilima y dejando al pobre leñador ríe que te ríe.
Mientras tanto, en Zugarramurdi, pronto se percataron de la ausencia de Kilima y su cervatillo, y muy preocupados decidieron comenzar su búsqueda. La bella Inguma quiso tranquilizarles y les dijo que no se inquietaran, ya que ella podía comunicarse con Tximista aunque estuviera a mucha distancia. No sabía que el pequeño cervatillo, aunque la oía, no quería volver sin la estola que evitaría el desastre que se avecinaba si no la encontraba.
Comenzaba a inquietarse la madrina ante el silencio de Tximista, y éste mientras tanto, en su afán de búsqueda, se alejaba más y más del lugar. De pronto a Inguma se le ocurrió enviar a las mariposas en su búsqueda. ¡Qué explosión de colores! Fue agitar su vara de brezo en el aire y todo el bosque se llenó de bellas y multicolores mariposas, que cumpliendo la orden de su señora comenzaron a registrar el bosque.
Pronto encontraron al pobre cazador tirado en el suelo y con ambas manos sujetándose el vientre, ya que la risa casi lo reventaba. avisaron a la señora y ésta, en un santiamén, se presentó y, tocando con su vara el leñador, lo calmó.
Mientras tanto y lejos de allí, Tximista, con Kilima riendo sobre su lomo, divisó cerca de ellos una multitud de hombres y mujeres que, en fila, vestidos todos de negro y llorando, caminaban muy despacio hacia ellos, trayendo con ellos una gran caja. Tximista no acertaba a saber el por qué de su tristeza, hasta que de repente... ¡Qué desgracia! ¡era un entierro! ¡Y se habían acercado demasiado a ellos! De pronto, y sin poder él evitarlo, comenzaron a soltar estrepitosas carcajadas, dejando al pobre difunto abandonado en el suelo y persiguiéndolos enfurecidos pero sin dejar de reír.
Tan rápido como su nombre consiguió el asustado cervatillo alejarse hasta llegar a un claro del bosque y ¡cielos¡ ¡Qué vieron sus ojos! Bajo un gran roble de los muchos que allí había descubrió un gran cascarón de caracol que su inquilino había abandonado, y esperanzado despojó a Kilima de toda su ropa y la cubrió con él, de esa forma nada ni nadie la rozaría. Afortunadamente dio resultado. Decidió entonces volver y enfrentarse a la reprimenda, pero cómo transportar aquel enorme caracol sin rozar a la niñita. Tomó la determinación, por tanto, de volver solo, recomendándole que no se moviera de allí bajo ningún concepto, y partió.
Tan pronto comenzó su veloz carrera se levantó un fuerte viento que agitaba los árboles con furor y, repentinamente, al pasar bajo el robledal, apareció volando entre el verde de las ramas la reluciente estola de verdes tonos que tantos problemas le había traído. Sin pensarlo dos veces, lo atrapó entre sus dientes y, dando media vuelta, se encaminó de nuevo hacia donde había dejado a Kilima.
La brujita mientras tanto, bien protegida por el cascarón y a salvo del fuerte viento, había conseguido agujerearlo y, mirando a través, vio cómo un grupo de caracoles se le acercaba. Temiendo que la rozaran quedó inmóvil esperando que se fueran, pero los curiosos caracoles querían saber quién vivía en tan grande cascarón. Se acercaban más y más, comenzando a empujar y arrastrar a aquél extraño caracol. Tanto lo empujaron que al llegar a una pequeña pendiente el cascarón comenzó a rodar, dando vueltas y más vuelta con la brujita dentro.
En lugar de asustarse, la pequeña se estaba divirtiendo de lo lindo. «¡Qué divertido!» pensaba mientras iba dando volteretas. Pero de pronto ¡¡zas!! una piedra, y Kilima salió despedida por el aire. Entonces sí se asustó «¿Adónde iré a parar?». Se atrevió a mirar abajo y vio una especie de alto y aparentemente mullido seto.
— No me haré daño, pero otra vez esta molesta risa —pensó la desdichada. ¡Sorpresa! No eran risas lo que salía de su boca, sino quejas y lamentos. Además, cuando consiguió salir tenía todo el cuerpo lleno de ampollas. ¡Debían de ser hierbas embrujadas! ¡y la habían curado de su encantamiento! Sin acordarse de sus ampollas, saltaba de alegría, y así la encontró Tximista que, alegrándose con ella la cubrió con la estola y partieron hacia casa para celebrar con todos la buena noticia.
¿Sabéis, niños, que esas hierbas mágicas se encuentran por todos los rincones de Euskalerria? ¡Sí, amiguitos! Y si os encontráis como Kilima sin poder parar de reír, tocadlas, y al momento se os irá la risa. ¿Queréis saber su nombre? ¡Cómo no!... ¡¡ORTIGAS!!