lunes, 27 de mayo de 2013

EL PADRE




A mi padre

Generalmente en la infancia nuestro primer amor se proyecta hacia la madre, es ella por regla general quien nos proporciona el primer alimento, las primeras caricias y todos los cuidados de que tan necesitados estamos.
A menudo también, suele hacer de compañera de juegos, amiga y hasta cómplice.  Desde que nacemos suele ser siempre la madre nuestra favorita. ¿Y el padre? ¿Cómo vemos al padre?
Durante la infancia no nos preocupa mucho el padre y yo no era ninguna excepción, pero el caso es que el modo de vida de mi padre fue muy duro desde el principio.  Además por causa de las dos guerras en las que se vio involucrado, herido, enfermo, encarcelado…lo cierto es que su salud ya nunca fue buena.  Así y todo fue padre de familia numerosa y fuimos educados por él en los principios del respeto, la justicia y la rectitud, pero todo esto, de niños solo lo vemos como autoritarismo y dureza y a mi aún escaso juicio, mi padre era demasiado duro, claro que de niños no sabemos ver las razones de los mayores para serlo.
Durante muchos años seguí viendo así a mi padre.  Por cualquier niñería nos gritaba,  a la segunda vez nos castigaba y si había una tercera vez, nos azotaba con su cinturón. El caso es que durante años temí a mi padre. 
Esto que ahora parece grotesco no lo era entonces para mí. Ocurría que como el barrio era pequeño, todos nos conocíamos y las madres para que sus hijos comieran todo, les decían: “Si no coméis vendrá el hombre del cinto y os calentará el trasero” y así a  nuestro padre le llamaban “el hombre del cinto”.  Esto a él le causaba risa pero a mí en cambio no me hacía ninguna gracia.
También frecuentemente – y el recordar esto me avergüenza –  solía caer enfermo y nuestra madre nos pedía silencio durante los días que permanecía en cama y aunque conseguirlo era un sacrificio, yo interiormente deseaba que permaneciera mas días enfermo en la cama para evitar así sus reprimendas. ¡Que malicia!
Transcurrían los años y nosotros seguíamos creciendo bajo su recta educación. Es bien cierto que con él, aprendimos a ser obedientes y respetuosos, tanto con nuestros mayores como con el resto de nuestros semejantes.  Así como a no dejarnos manejar ni someter por nadie e insistía en que siempre debíamos estar dispuestos a reclamar nuestros derechos sin olvidar nunca nuestros deberes.
Con la edad pude comprobar que eran muy buenas las enseñanzas que habíamos recibido de nuestro padre, aunque me seguía pareciendo excesiva su dureza durante la infancia.
Pasada la adolescencia comencé a observar que su carácter se suavizaba y también que le complacía mantener largas conversaciones con nosotros.  Por circunstancias de la vida era yo quien tenía mas ocasiones de conversar con él y poco a poco se alejaron de mí aquellos temores y recelos que desde niña albergaba hacia mi padre y aunque en algunas de nuestras charlas no nos poníamos de acuerdo y mostrábamos diferentes puntos de vista, había siempre en sus palabras y en sus dichos valores dignos de resaltar.
Nos llegó la hora de abandonar la casa de nuestros padres, fuimos casándonos y formando nuestros propios hogares.  Fue entonces cuando comencé a darme cuenta del cariño que sentía hacia mi padre.  Sin casi darme cuenta comenzaron a aparecer ante mí escenas en las que veía a mi padre mostrándonos con su peculiar manera todo el amor que nos tenía y que nunca manifestaba con palabras. 
Fueron tiempos duros los de la posguerra, más aún para un padre de familia numerosa, casi siempre enfermo y que tenía que pluriemplearse para poder darnos de comer. Todos decían que yo era una niña muy comilona.  Nuestra madre haciendo verdaderos milagros, quizá ayunando ella, reservaba algo de comida para cuando mi padre tenía que trabajar toda la noche, pero él, sabiendo lo comilona que yo era, regresaba la mayoría de las veces con la comida sin tocar alegando que no había tenido tiempo de comerla y que ya no le apetecía pero disfrutaba viendo como mi hermanita pequeña y yo la devorábamos.
Recordaba también aquellos duros días de invierno en los que teníamos que permanecer en casa con la consiguiente algarabía que no dejaba a nuestra madre ocuparse de los quehaceres de la casa.  Era mi padre quien nos reunía en torno a él y nos narraba extraños y graciosos cuentos que jamás habíamos oído antes.  O como al llegar la primavera, si tenía una tarde libre nos la dedicaba en lugar de descansar, que buena falta le hacía, y nos llevaba a recoger moras o fresas silvestres, enseñándonos a su vez a conocer los árboles y plantas que encontrábamos a nuestro paso.
Abundantes escenas como estas revivían en mi memoria pero de entre todas la que mas me emocionaba era la de la celebración de su cumpleaños. Hoy en día esto puede parecer una nimiedad pero en aquellos tiempos en los que se carecía de todo, era un acontecimiento solo comparable a la Navidad.
El día de su cumpleaños, nunca conseguimos saber porque, llegaba siempre del trabajo a las siete de la mañana y fuese el día que fuese nos despertaba trayéndonos un plato de galletas surtidas, un lujo para nosotros, y unos diminutos vasitos de vino dulce que nos sabían a gloria y nos calentaban, que buena falta nos hacía ya que era el mes de febrero.  Era una fiesta corta pero para todos nosotros inolvidable.
A pesar de ser él el enfermo, fue nuestra madre quien nos dejo primero y para nuestra sorpresa fue un abuelo dulce y paciente que empleaba con nuestros hijos, incluso para reprenderles, suaves palabras y sabios consejos.  En verdad nos sorprendía cada día más.
Debido a un cáncer de piel, tuvo una vejez penosa pero nunca fue un anciano amargado, lo que más le dolía era  su incapacidad para ser útil, él, que para sacar a la familia adelante había sido pastor, carpintero, zapatero, minero, albañil, jornalero y varias cosas mas que no quiero mencionar…Ahora por causa de alguno de estos trabajos había quedado casi sordo y medio ciego. Aquellas conversaciones que tanto le gustaba mantener se le hacían imposibles.
¡Que lejos quedaba aquel temor que me producía, viéndole tan indefenso! ¡Como recordamos mi hermana y yo aquel día, quince antes de morir, en el que estando las dos con él, nos pidió que nos abrazáramos y le prometiéramos que siempre nos llevaríamos bien.  Tenía los ojos llenos de lágrimas cuando nos hizo prometer que siempre nos ayudaríamos en todo.  Nosotras estábamos sorprendidas y emocionadas. Nunca olvidaremos aquel momento pero lo peor es que se fue sin que le supiera decir cuanto le quería, quizá a causa de aquella férrea educación que habíamos recibido o quizá porque hoy día se utiliza excesiva y demasiado alegremente la palabra AMOR.
Es por ello que desde aquí quiero decirle a mi padre de todo corazón lo que nunca me atreví a decirle y que en sus últimos momentos tanto necesitó.
Siendo el oficio de padre tan difícil, lo hiciste muy bien y estoy orgullosa de ser hija tuya. ¡Te quiero papá!

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